La llegada fue un poco accidentada, pero finalmente tengo tiempo para escribir algo aquí. Aterricé en el aeropuerto de Tegel el miércoles 28 a las 18:00 o así, y tras una hora de viaje en autobús, tren y tranvía, llegué a la residencia. A esa hora aquí ya era noche cerrada. Al entrar en la zona, mis esperanzas de encontrar algo que se pareciera remotamente a una recepción se esfumaron. Allí no había nada, excepto dos personas tomando cerveza en un banco. Le pregunté a uno de ellos y me dijo que a esa hora ya no podía entrar. Por suerte había conocido hace unos meses a Alicia, una chica española que ya estaba en un piso, y ella me salvó la vida. Estuve en su casa hasta que el martes 4 conseguí la residencia, y aquí estoy.
Qué decir de la residencia, es una maravilla...
No, ahora en serio.
Apesta.
No sabría cómo describir el lugar en el que se encuentra, pero es una mezcla de bosque lluvioso templado y praderas con pastos para ovejas, con edificios abandonados llenos de grafittis y tíos cortando las malas hierbas con hoces. Todo ello bañado con el olor de la materia verde en descomposición, y algún que otro mapache. Y ardillas. Para llegar al supermercado más próximo tengo que coger un tranvía, y olvídate de encontrar un bar por aquí cerca. En definitiva, de las residencias que me podrían haber dado, es la peor.
Parece que los que me dieron la residencia se creyeron que vine a hacerme una cabaña en un árbol y convertirme en ermitaño, pero no... Espero no tener que llegar a ese punto
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